martes, 22 de noviembre de 2011

Agua dulce

La escorrentía de tu voz por los surcos de mí alma, trazando caminos inviables para mis sentidos. Incapaz de comprenderte la locura se apodera de mí, busca en otro lugar, tiempo para recuperarte. Es como un volcán que insiste en sacar de lo más profundo de mi corazón, la multitud de piedras rodadas que el primer día dejamos caer desde lo más alto de la montaña, y desde entonces vienen nadando entre la dulzura de tus palabras. Algunas de ellas salen a flote con una caricia, esquivan cualquier impedimento hasta llegar a mi alma. Pero otras tras no correr la misma suerte se sumergen en tus pensamientos y se acaban arrastrando por las profundidades de nuestra calma para luego con el paso del tiempo sedimentarse en mi cabeza en forma de lava. Que quema, que corre lejos de aquí, que busca enfriarse y cicatrizar lejos de ti, que no quiere olvidar el largo camino recorrido, que busca fundirse en tus brazos, que no sabe pensar porque hace tiempo que te cedió su capacidad de razonar. Esa lava que cicatriza en ceniza…

Entonces llueve, a mares, como nunca antes. Me desbordo, sofocas mi llama, apagas el foco donde concentro toda mi energía, haces flotar los sedimentos de mi alma, flotan tan alto que parecen volar, cerca del azul no tan dulce que acuna a las nubes. No tan dulce como tu voz…

Pasan los días, y no hay señal alguna de que vuelva a llover, o quizá sí pero quién sabe cuándo. Sigo siendo incapaz de interpretar tu silencio. Tiemblo de frio, de miedo… El frio hiela mi alma, la deja seca, quieta, insensible. Mi miedo al olvido, a la llegada del invierno, a la nieve fría y severa que deje bajo sí todas nuestras piedras rodadas, tu voz dulce, mi felicidad.

Qué diera por volver a lo alto de la montaña, allá donde podíamos acariciar el cielo con la yema de los dedos, robar una estrella para que adorne encima de tu cama o sentarnos en la luna menguante cada 14 de febrero… ¿Dónde quedo todo aquello, todos nuestros sueños?

No hay comentarios:

Publicar un comentario